A vista de oido

piano.jpgtuba.jpgoboe.jpgsaxo.jpgtrompa.jpgarpa.jpgclarinete.jpgtrompeta.jpgclarinete bajo.jpgfagot.jpgcontrabajo.jpgflauta.jpgviolin.jpg
Imaginemos por un momento que estamos sentados con los ojos vendados y que en la misma habitación en la que nos encontramos empieza a sonar un piano. Cualquiera de nosotros podría deducir que hay un piano y que sentado frente a él está el pianista accionado las teclas. Lo que percibimos es el producto de dos partes que forman un todo: la música. Un todo indivisible, ya que el uno sin el otro no tienen más poder que el de ser un “instrumento” condenado al servicio del otro. El instrumento requiere de la habilidad del instrumentista, de su sensibilidad y de su emotividad.

Esta música es producida por unos dedos, unos labios, que durante años se mantienen en un contacto constante y directo con su instrumento. ¿Dónde acaba la boquilla y donde comienza los labios, la lengua y los dientes que producen un soplo dulce y sensible que hace sonar ese clarinete? ¿Donde finalizan las cuerdas de la violinista para dar lugar a unos dedos tremendamente ágiles que con su virtuosismo hacen sonar el concierto no 2 para violín y orquesta de Shostakovich?

El proyecto presentado pretende reflejar la relación simbiótica entre dos mitades. Dos mitades en las que el músico se presenta como la prolongación del instrumento y el instrumento como aquella herramienta que sin el músico deja de sonar para ensordecerse de manera paulatina.

El objetivo del proyecto es “hacer visible la música” a través de una serie de retratos en blanco y negro. Retratos de distintos músicos que, fundidos con su instrumento, se muestran como parte de un todo destinado a “ser escuchado con los ojos”.